Para esta nueva sección, "La Tribuna del Pueblo", hoy queremos referirnos a cómo se puede soñar con grandeza en el fútbol del interior sin perder la esencia del club ni la pasión de su gente.
En el fútbol, el deseo casi siempre va más rápido que la razón. No importa el tamaño del club: todo hincha sueña con hazañas, con noches inolvidables y con ganar partidos que después se cuentan durante años. Soñar no cuesta nada, y en el fútbol es parte del juego.
El problema aparece cuando se confunde crecer con durar un rato más arriba. Subir de categoría, armar equipos caros o profesionalizar todo de golpe puede parecer progreso, pero muchas veces es solo una foto linda. Y cuando la foto se termina, el golpe suele ser fuerte.
Los clubes del interior se hacen con tiempo. Con socios que están, con gente que labura sin figurar y sobre todo, con pibes que se ponen la camiseta desde chicos. Las divisiones inferiores no son solo una cuestión deportiva, son el lugar donde el club se reconoce a sí mismo y donde se construye pertenencia. Cuando eso se cuida, siempre hay algo a lo que volver.
Dirigir un club chico no es fácil. Hay que ser cuidadoso con los números, pero sin apagar la pasión. El sueño puede ser enorme, no hay problema con eso. El problema es cuando se lo quiere pagar más adelante, sin saber cómo.
El desafío no es quedarse quieto, sino avanzar sin perder el control. Mejorar dentro de las posibilidades reales, ilusionando, pero sin depender de cosas que no son del club. Porque si la ilusión no es genuina se va rápido.
Capaz que el fútbol no se trate de ganarle al Real Madrid. Capaz que se trate de poder decirle al vecino hincha del club rival, que alguna vez se le ganó. Pero para poder contarlo, el club debe seguir ahí cuando el partido termina.
Porque el fútbol no es solo ganar partidos imposibles, sino poder seguir contando historias posibles.







