Hoy, para nuestra sección "La tribuna del pueblo", hablaremos de cómo, en un mundo cada vez más conectado, la libertad que sentimos al usar la tecnología puede no ser tan real como creemos.
Hay una sensación que muchos tenemos cuando usamos nuestras computadoras o teléfonos. La de estar solos, frente a una pantalla, tomando decisiones libres. Elegimos qué leer, qué preguntar, qué opinar. Nos sentimos independientes. Creemos que pensamos por nosotros mismos.
Pero esa sensación puede ser la más grande de las ilusiones.
Las nuevas tecnologías que usamos a diario no son neutrales. No están ahí solo para servirnos. Están diseñadas por alguien, con intereses, con objetivos, con una forma de ver el mundo que se mete en nuestras vidas sin pedir permiso.
No hace falta que nos digan qué pensar. Es más sutil que eso. La tecnología organiza la información que llega hasta nosotros. Decide qué noticias vemos primero, qué temas son "relevantes", qué preguntas merecen respuesta y cuáles se pierden en el olvido. Nos muestra un camino, y como es el único que vemos, creemos que es el que elegimos.
Pero la elección ya la hizo otro antes que nosotros.
Cuando una herramienta digital te dice "esto es lo que buscás", o "esto te puede interesar", o directamente decide si tu consulta es lo suficientemente valiosa como para responderte o si tenés que esperar horas para seguir hablando, no está siendo neutral. Está aplicando un criterio. Un criterio que no elegiste vos, que no conocés, que ni siquiera sabés que existe.
Y ahí está la trampa más perfecta: creés que estás pensando con libertad, pero tu pensamiento ya fue encaminado. Creés que estás preguntando lo que se te ocurre, pero las herramientas que usás ya definieron qué preguntas tienen respuesta. Creés que estás formando tu propia opinión, pero la materia prima con la que trabajás fue seleccionada por otros.
El resultado es una sociedad que se siente libre, pero que piensa dentro de los límites que otros trazaron. Una sociedad que no obedece por miedo, sino porque está convencida de que lo que piensa es fruto de su propia razón. Y ese convencimiento es lo más difícil de romper.
Porque cuando creés que pensás solo, ¿cómo vas a sospechar que te están induciendo?
Las élites que controlan estas tecnologías ya no necesitan imponer ideas por la fuerza. Les basta con diseñar el sistema por el cual todas las ideas circulan. Con definir qué se ve, qué se escucha, qué se puede preguntar. El resto, cada uno cree que lo hace solo.
Pero la libertad que no sabe que está siendo dirigida, ¿es realmente libertad?







