Nuestra sección "La Tribuna del Pueblo" no mira para otro lado. En estos días, la Liga Pampeana vuelve a mostrar una escena que ya no puede leerse como excepcional. La incertidumbre atraviesa a buena parte de los clubes, algunos de manera más explícita, otros en silencio, pero casi ninguno ajeno a una realidad económica que aprieta y condiciona.
Ferro de Realicó anunció que pagaría la multa correspondiente pero no participaría del torneo. Pico FBC atraviesa un panorama incierto: sin técnico confirmado, con dirigentes del fútbol prácticamente solos y sin respaldo, su futuro inmediato es una incógnita. Sportivo Independiente transita una situación similar. Ferro de Alvear, por su parte, evalúa jugar con chicos del club, no como una elección estratégica ideal, sino como la única alternativa viable.
No son los únicos. Son, quizás, los casos más visibles de una problemática que atraviesa a una mayoría de las instituciones.
El análisis rápido —y cómodo— dirá que “la Liga está cara”, que “los jugadores cobran mucho”, que “los clubes gastan más de lo que tienen”. Pero ese enfoque es superficial y, sobre todo, injusto. Porque las cosas no suceden solas. Y porque los clubes no existen aislados de la realidad social y económica que los rodea.
Los clubes de la Liga Pampeana son, antes que nada, organizaciones sociales insertas en economías locales frágiles. Viven del comercio chico, de la pyme, del trabajador que paga una cuota, de la familia que decide si el domingo va a la cancha o si ese dinero debe destinarse a otra urgencia. Cuando el empleo falta, cuando las pymes cierran, cuando el consumo se derrumba, el club es uno de los primeros espacios donde ese golpe se hace visible.
Por eso resulta ingenuo —o directamente funcional— separar la crisis del fútbol local de las políticas económicas que atraviesan al país. En un mundo que se cierra, la apertura indiscriminada de importaciones, la caída del mercado interno y la destrucción del empleo no son conceptos abstractos: son sponsors que desaparecen, rifas que no se venden, entradas que no se cortan. Son dirigentes que quedan solos, sosteniendo estructuras que ya no encuentran respaldo en una comunidad golpeada.
Reducir todo a un problema de “mala administración” es repetir lo que Bertolt Brecht definía como analfabetismo político: creer que el hambre, la pobreza o la quiebra nacen de la nada, sin reconocer que son consecuencias directas de decisiones políticas concretas. El fútbol del interior no está en crisis por capricho ni por torpeza dirigencial. Está en crisis porque la sociedad que lo sostiene también lo está.
Que un club decida no jugar aun pagando una multa no es desinterés: es un límite. Que otros no logren definir su participación no es improvisación: es desamparo. Que algunos piensen en competir solo con jugadores del club no es romanticismo: es supervivencia.
El problema no es únicamente qué torneo se juega o cuántos refuerzos se contratan. El problema de fondo es qué modelo económico puede sostener al fútbol del interior, y cuál lo empuja al achicamiento permanente.
Tal vez sea hora de entender que no participar, no opinar y no comprometerse también es una decisión política. Porque mientras algunos se golpean el pecho diciendo que “ellos siempre trabajan gobierne quien gobierne”, otros deciden por ellos. Y esas decisiones —siempre— se pagan en el bolsillo, en el trabajo, en el club y en la tribuna.







