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ARGENTINA: ENTRE MODELOS QUE SE CORRIGEN Y SE DESTRUYEN



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Desde la Tribuna del Pueblo vemos que Argentina vive atrapada en un péndulo permanente. Pasamos de gobiernos llamados populares a gobiernos liberales, y de un extremo al otro, casi sin escalas. En el medio queda la gente común, sobre todo la clase media y los trabajadores, tratando de adaptarse como pueden.

Con los gobiernos populares suele pasar algo conocido: el Estado asiste a través de planes sociales, ayudas y subsidios. En muchos casos esa asistencia es inevitable, porque hay gente que realmente la necesita y la ayuda es necesaria. El problema aparece cuando esa ayuda se vuelve permanente, sin una salida clara hacia el trabajo. Ahí empieza la bronca de quienes sí trabajan, pagan impuestos y sienten que el esfuerzo no vale la pena.

Esa bronca no siempre es justa, porque muchas veces la propia clase media, llámese comerciantes, profesionales, trabajadores independientes, son beneficiarios indirectos, dado que viven de lo que le venden a quienes reciben subsidios o asistencia del Estado. Aun así, tampoco se puede decir que sea una bronca inventada, porque no ven una salida de dichos beneficiarios hacia el mundo del trabajo, dejando la sensación de que el sistema no premia el esfuerzo de manera clara, sensación que se vuelve aún más fuerte para quienes pensamos, como decía Perón, que “cada uno debe producir, por lo menos, lo que consume”.

Entonces viene el otro péndulo. Se vota un gobierno liberal, con la idea de terminar con los supuestos abusos, el gasto y los privilegios. Pero el ajuste suele ser fuerte y parejo: cae sobre los que no trabajaban, pero también sobre los que sí. Se abren importaciones sin cuidado, las pymes no pueden competir, se funden o se reconvierten en simples revendedoras de productos importados, cosa dañina debido a que, al dejar de producir, también queda gente en la calle y sin trabajo. Hay menos producción, menos trabajo y menos plata circulando, cosa que produce la aparición de la recesión.

En ese contexto, los ganadores concentran riquezas y quienes pierden (que son la gran mayoría) quedan afuera del sistema.

El problema no es ayudar ni liberar la economía. El problema es cómo se hace. Asistir a quien lo necesita está bien, pero con una idea clara de salida, de trabajo digno y registrado, y con reglas que hagan que trabajar siempre sea mejor que vivir de un plan. Abrir la economía puede servir en algún caso, pero no destruyendo al que produce ni favoreciendo concentraciones que después se vuelven imposibles de controlar.

En el fondo, el país parece vivir con una molestia permanente. Algo que sube y baja y no termina de resolverse. Cada vez que duele, se cambia de rumbo bruscamente, pero sin ordenar el conjunto. No es que el problema no exista, es que nunca se define un camino que le sirva a toda la sociedad. Mientras tanto, seguimos pasando de un modelo a otro, sin escalas, sin equilibrio y con la sensación de que siempre estamos incómodos, pero nunca curados.
El dilema que tenemos los argentinos no es elegir a un padrino u otro, sea Estados Unidos o el eje China-Rusia, sino animarnos, de una vez, a caminar con pies propios.


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